Ser opositor se paga caro. Leonardo Ortega perdió un millonario negocio, sus amigos, la tranquilidad y casi hasta su vida por atreverse a denunciar la corrupción en un pueblo marcado por el miedo que sembró la violencia paramilitar.

Primera entrega

El sol en esta época del año atraviesa el alto palo de mango del jardín. Los rayos caen en más de la mitad del patio donde Leonardo suele sentarse a atender a sus amigos más íntimos. Su círculo es estrecho, porque la lealtad no la suele encontrar en cualquiera y es condición necesaria para acercarse a él. En más de tres meses no había compartido un café con Jorge, el amigo de infancia, de adolescencia, de las duras, de las maduras, de la abundancia y la escasez. Una relación alimentada por la risa, las historias del pasado, la dificultad del presente, las series de televisión y los clásicos del cine. En un rumbo ya cantado por la naturaleza del pensamiento de Leonardo, terminan hablando de política.

Por donde uno quiera que voltea, está la trampa, hermano: izquierda, derecha, centro, pa´ arriba, pa´abajo -le dice Jorge desengañado por la corrupción en Colombia y anclado en su terquedad que en las próximas elecciones no votará
Leonardo se queda con la mirada en el horizonte, que por lo menos en el patio de su casa es amplio, con la arboleda de la finca vecina y el cielo despejado de Puerto Berrío a las 11 de la mañana. Permanece en silencio un rato como acompañando con resignación la pena política de su amigo. De pronto, irrumpe con ese sentimiento que desde hace siete años lo acompaña y le amarga el corazón
-Yo no he hecho sino querer a este municipio, y por estar queriendo este pueblo me quedé sin amigos, sin negocios, me quedé sin nada. Tanto ayudar a la gente, a tantas personas con necesidades y en este pueblo no me han dado ni las gracias -pronuncia con el desengaño de un amante no correspondido.

El silencio vuelve a ocupar el espacio y deja el espectro sonoro a merced de los pájaros que están haciendo un nido en una de sus matas colgantes, una carpeta que sembró hace poco. Los ojos se le pierden entre las nubes, imaginando quién sabe qué; tal vez pensando que si en Puerto Berrío, un pueblito antioqueño a orillas del río Magdalena y protagonista de la epopeya del Ferrocarril, la corrupción no estuviera en las entrañas mismas del pueblo, su próspero casino estaría más boyante que nunca; Los Enanos Porteños hubieran derrotado a quienes intentaran abusar del poder y su amigo, el abogado y periodista Edison Molina, estaría vivo y no con cuatro orificios de bala y su cuerpo durmiendo en la inmensidad de la nada.
Con el tiempo, Leonardo entendería que hacer oposición, exigir honestidad de los alcaldes de su pueblo y hasta exigir el respeto de los derechos humanos solo le traería desgracia, ruina, discriminación y hasta un intento a cuchillo para que se repitiera el final de su amigo Edison. No pudo anticiparse a ninguna de sus derrotas.

Leonardo Ortega explica el asesinato de líderes sociales en Puerto Berrío

Espere mañana, en nuestra segunda la entrega, la historia del hombre de la barba

Por Alina Castrillon

Animalista, vegetariana de nacimiento y vegana en construcción. Hija de la universidad pública. Si me puede escribir, no me llame.

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