La oposición en Puerto Berrío le había costado la vida al abogado y periodista Edison Molina en 2013. Un año después, la muerte también vendría por Leonardo Ortega para cobrarle su atrevimiento de denunciar la corrupción.

-¡Deje trabajar al alcalde, deje trabajar al alcalde! -decía entre dientes el hombre que con un cuchillo de mango negro, de los que se compran en los remates de mercancía, intentaba clavárselo en el cuello a Leonardo. Era una noche del 25 de diciembre de 2014 y la cuadra del barrio estaba desolada. Solamente un joven que no superaba la mayoría de edad había comenzado a caminar de esquina a esquina con paso nervioso. La moto de Leonardo se asomó por un vértice de su casa y cuando llegó a la puerta y se bajó para abrir el pórtico, sintió el peso de otro sobre él. De reojo, y en el forcejeo, alcanzó a ver la luz del alumbrado público rebotar en el metal del cuchillo. El asesino lanzó la primera puñalada al cuello pero las maniobras de Leonardo hicieron que su mano se desviara y el filo terminara cortando un brazo, muy cerca del hombro. Lo intentó otra vez pero el cuchillo cortó exactamente en el mismo lugar. Sintiéndose en derrota, el adolescente huyó cuán rápido era, atravesando la cuadra hasta el parque del barrio. Contrario al pánico que se apoderaría de cualquier mortal en semejante situación, Leonardo solo atinó a mirarse la manga de la camiseta blanca que ya estaba pintada en sangre. No le dio tiempo a ningún otro pensamiento más que alcanzar a quien intentó matarlo.
-Corrí detrás de él, pero me cogió ventaja y se me perdió en un barranco de árboles.-
La verdad es que al desafortunado cuchillero, en lo único que lo acompañó la suerte, fue en que Leonardo iba en chanclas.
-En tenis, lo alcanzo.
Cuando se enteró de la noticia, al otro día muy temprano, Jorge Bedoya, su amigo, se preocupó pero no se sorprendió. Siempre ha sabido que para muchos Leonardo es una piedra en el zapato.
Fotografías del municipio de Puerto Berrío, la tierra de amores y desengaños de Leonardo Ortega










Leonardo perdió la libertad de recorrer las calles de Puerto Berrío en su moto. De sentarse, los fines de semana, en un bar a fumarse un tabaco y tomarse una cerveza. Hoy vive sujeto a un esquema de seguridad que le proporciona la Unidad Nacional de Protección. Ya no puede darse el lujo que sí tienen los conformes: el de la tranquilidad.