Leonardo Ortega es el opositor vivo más importante de Puerto Berrío, un pueblo antioqueño marcado por la violencia paramilitar, y en épocas más recientes por la corrupción que ha derivado en violencia política.

El hombre de la barba
-Ese fue ese man ‘barbao’ que entró aquí, el de la barba de guerrillero -le decía un guarda del INPEC al otro en la cárcel de Puerto Berrío
Se refería a Leonardo, que minutos antes había entrado al centro penitenciario a tratar de apagar el incendio verbal iniciado en una mesa de votación porque una de las jurados tenía una camiseta con el rostro estampado del abogado y periodista Edison Molina, opositor del alcalde Robinson Baena, y asesinado el 11 de septiembre del 2013. El calificativo de “guerrillero” del guardián del INPEC se oyó en el puesto de entrada de la cárcel con un dejo de desprecio, y su cuerpo tomó un halo de superioridad. Ninguno de sus compañeros emitió palabra. No sería la primera vez que a Leonardo, por ofenderlo, insultarlo, tratar de pordebajearlo, o en un intento desesperado de desacreditarlo, le dirían guerrillero.
Leo es la versión corta como lo llaman sus amigos y su familia. Los demás, a su nombre completo, le agregan “don”. Ha construido una reputación por más de 15 años en el pueblo. Algunos le temen porque, sin filtro, le “canta la tabla” a quien se lo merece por mentiroso, por corrupto o por atrevido.
Es hombre de una sola palabra: el sí es sí y el no es no. No tiene puntos intermedios: ama u odia; su amigo Jorge Bedoya, lo ve como al hombre que temen las administraciones municipales:
Cuando Leonardo nació en 1970, Puerto Berrío era un pueblo de pescadores y, en el Magdalena, los bocachicos en subienda saltaban por voluntad propia a las canoas. Hoy se están extinguiendo. Su papá, un hombre a quien apodaban “El Médico”, era comerciante de pescado. A él le aprendió una de las lecciones más importantes de su vida: por más dinero o poder que tuviera una persona, eso no la hacía especial ni merecedora de sumisión. Esa enseñanza ha hecho que Leonardo no se le arrodille a nadie, ni siquiera durante las vacas flacas.
Leonardo no es ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco. Todo lo tiene en el punto de la mesura. Desde que dejó la carne se conserva en 70 kilos. Ya no fuma porque con el coronavirus haciendo travesuras por el mundo, no le parece un vicio muy inteligente en esta época. Su característica física más notable en su barba blanca. Se le nota el cuidado y que le crece con generosidad.
Leonardo, todas las mañanas, sin excepción, se levanta muy temprano y se prepara un café, es un fanático del tinto. Después del tinto mañanero en su casa, su escolta lo recoge y se sientan en el mentidero político más famoso del pueblo: Los Lamentos. En realidad su nombre es El Obrero, pero la gente lo llama así porque todo el mundo va a lamentarse. El pasaje peatonal huele a café recién hecho. Son seis cafeterías juntas, con sus sillas en plena calle. Es el único sitio en Puerto Berrío donde el sol es más benévolo, y no es gratuito. Árboles que se alzan a ocho metros y nunca fueron podados engalanan el lugar. En Los Lamentos, Leonardo tiene silla propia. Se le acercan políticos, aspirantes a políticos, inconformes, amigos y gente humilde. O quieren su ayuda o quieren su opinión o una ayuda para denunciar. Estando allí sentado ha escuchado de boca de conocidos que después de viejo se volvió guerrillero. No le hace mella porque si alguien conoce la idiosincrasia porteña es él.
En la tercera entrega de esta crónica espere la historia de cómo sobrevivir a un ataque armado